Redacción BLes – Amparo Medina es ecuatoriana, fue guerrillera, atea y ferviente activista a favor del aborto. Sin embargo, hoy es una devota creyente y presidente de una fundación provida.

¿Cómo se dio este cambio radical en su vida? La respuesta comprende varias aristas, pero sin lugar a dudas algo que la marcó fue haber trabajado en las Naciones Unidas (ONU) y conocer de cerca los oscuros intereses que hay detrás de la organización.

Se vínculo a proyectos de salud sexual y reproductiva del Fondo de Población para las Naciones Unidas (UNFPA, por sus siglas en inglés).

Su objetivo era bajar los niveles de embarazo adolescente y mejorar la salud sexual de los jóvenes evitando las enfermedades de transmisión sexual en Ecuador.

La propuesta era clara: llevar anticonceptivos de promoción y difusión y elevar la cantidad de usuarios de anticonceptivos.

Y además tenían una postura abierta de lograr la apertura de las leyes en el tema del aborto.

En esta propuesta se incluía también la fomentación de los gustos sexuales y las orientaciones sexuales.

“Pensábamos que era una propuesta buena, pensamos que técnicamente estaba bien trabajada, y nos metimos en esa consultoría, trabajamos la consultoría”, explica en una entrevista con BLes.

El proyecto era ambicioso: tenía un presupuesto de 6,5 millones de dólares para aplicar dichas políticas del 2000 al 2004 en Ecuador.

Sin embargo, los resultados no fueron los que esperaban.

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“Fue desastroso”, afirma hoy a la distancia.

“La metodología de entregar anticonceptivos a los chicos, sobre todo preservativos, pastillas de emergencia, no dio resultado”, añade.

Aún más, en este proceso de aplicación del proyecto, se quintuplicó el embarazo adolescente.

Ya no había 5 enfermedades de transmisión sexual, sino que había ahora un promedio de 30 de acuerdo a los más moderados (y 50 en base a los más preocupados).

Por último, encontraron que las políticas aplicadas provocaron una reducción de la edad de inicio sexual de los chicos. Pasó de 16, 17 años que era el promedio en América Latina a los 10, 12 y 13 años de edad (actualmente el inicio sexual está entre los 10 y 12 años de edad en Ecuador).

Asimismo, al haber una mayor tasa de embarazo adolescente, la frecuencia de abortos también iba creciendo.

“Cuando vimos que no funcionaba, les explicamos esto a los coordinadores de los proyectos y ellos nos dijeron que esa era la propuesta y que si nos gustaba o no nos gustaba, eso era lo que había”, explica al recordar lo que le dijeron en Naciones Unidas al presentar los inesperados resultados de las políticas aplicadas.

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“Si queríamos seguir trabajando, teníamos que seguir aplicando la misma fórmula, o de lo contrario tendríamos que salir”, apunta.

Y así fue que Amparo Medina y su equipo, consternados por la rígida política de Naciones Unidas, dejaron la organización.

Edificio de Naciones Unidas en Nueva York, Estados Unidos. (Imagen de archivo)
Edificio de Naciones Unidas en Nueva York, Estados Unidos. (Imagen de archivo)

Cuando empezaron a investigar la extraña decisión de la ONU, se encontraron que había un “gran negocio”.

Toneladas de preservativos para América Latina, desde la India, se vendían a 8 o 10 centavos de dólar (hoy se venden entre 10 y 12 centavos) y se distribuían a 30 y 35 centavos.

“Hacíamos leyes para que estos preservativos sean obligatorios en escuelas, colegios y sitios públicos, lo mismo para las pastillas y abortivos”, describe.

“No había salud, no les interesaban los jóvenes ni las mujeres”, asegura.

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Desde esa perturbadora experiencia personal, Amparo inició un camino radicalmente diferente, que la llevó a ser una firme retractora de las propuestas de ‘salud sexual y reproductiva’ de los organismos internacionales y a ser hoy la presidente de la Red Provida de Ecuador, desde donde ayudan, acompañan y dan asistencia a jóvenes que se encuentran con embarazos no deseados, para que no elijan el camino del aborto y le digan ‘sí a la vida’.

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