Por Damián Sileo (*) para BLes.com.

Los periodistas, que debieran tener una mirada crítica, ¿necesitan de un manual que les diga qué pensar y cómo expresarse?

Decir que el periodismo que consumimos hoy en día carece de credibilidad, no es novedad. Por donde se lo mire, ya sea desde la óptica política, como económica, social y hasta deportiva, vemos que el ejercicio de la actividad periodística está circunscripto a sus intereses económicos e ideológicos.

Ya quedó en el olvido todo aquello del periodismo objetivo y más aún, del periodismo independiente. Y en el fondo, somos cómplices, porque consumimos aquellos medios que nos dicen lo que queremos escuchar, ver o leer. Mientras más consumimos, más rating o lectores estos tienen, y por ende, más sponsoreo. Eso hace que estos continúen creciendo aun sabiendo sus seguidores que están plagados de medias verdades, o post-verdades, como se acostumbra a distinguir ahora a aquellas falacias periodísticas cuyo único fin es el de vendernos carne podrida.

Pero en estos últimos tiempos está sucediendo algo todavía más alarmante, puesto que allí están alineados todos los medios periodísticos, casi sin excepción. Los 5 canales de televisión de aire de alcance nacional, sus respectivas versiones en cable, los principales canales de TV paga, casi todas las radios de alcance nacional y el 90% de los diarios que cubren todo el territorio argentino se han encolumnado tras la ideología de género en todas sus formas. Una ideología perversa, dañina, que busca destruir a la familia y que tiene su máxima expresión en el (mal llamado) feminismo.

Esta línea de pensamiento, se sabe, tiene sus diversas luchas para lograr imponerse a como dé lugar con una ideología dictatorial, en la que si uno no comulga con ella pasa a convertirse en el enemigo público y blanco de todo tipo de persecuciones.

La lucha por la promulgación de la ley abortista fue, acaso, la más emblemática, la que dejó una nueva grieta en el país, que hoy parece insalvable, y que es alimentada por la ideología de género, la autopercepción y el feminismo extremo.

Este feminismo extremo, o “hembrismo”, como bien lo define el escritor Agustín Laje en sus conferencias, ha logrado inmiscuirse sin disimulo en el ámbito de los medios de comunicación, copando la parada al punto tal de ejercer una dictadura de contenidos que solo responden a sus intereses.

Pero más escandaloso aun es ver cómo esa influencia llegó al periodismo, que sucumbió ante los designios de una minoría que supo utilizar estas armas para hacer creer a la población –o intentarlo, al menos- de que su pensamiento es el que debe prevalecer. De lo contrario, se encenderá una hoguera mediática en la que hay lugar para todo el que no esté de acuerdo.

Por si quedaran dudas de cómo el periodismo de hoy es servil a estos intereses, existe una especie de cartilla o panfleto –el cual también llegó a mis manos y, realmente, me costaba creer lo que allí leía- editado por Casa FUSA, donde se instruye a los periodistas sobre cómo tienen que tratar el tema del aborto. En el mismo, se da instrucciones precisas hasta de los términos que tienen que utilizar los periodistas para referirse a quienes defendemos las dos vidas, lo mismo que cuando se hace referencia al sector abortista.

La cartilla se titula: Derecho al aborto: Recomendaciones para una cobertura periodística sin estigmas, editado por Grupo FUSA, en noviembre de 2018.

Para quienes no conocen Casa FUSA, es una de las organizaciones locales que más impulsa y hace lobby para la legalización del aborto, recibiendo importantes partidas presupuestarias de la IPPF, la mayor organización mundial promotora de los crímenes de niños por nacer.

Transcribo literalmente algunos párrafos:

“…es fundamental asegurar un tratamiento con una perspectiva basada en el derecho de las personas a decidir…” (Pág. 18).

“…NI NIÑOS NI BEBÉS: HABLAMOS DE EMBRIONES O FETOS

Es muy importante evitar el uso de las palabras niño o bebé cuando se informa sobre aborto. Su uso es in­correcto en este contexto. El embrión o feto no es un bebé. Mucho menos un niño…” (Pág. 19)

“…QUIENES APOYAN O PRACTICAN ABORTOS NO SON “ABORTISTAS” O “ABORTEROS”

Habitualmente es un término utilizado con una con­notación negativa por quienes están en contra de este derecho… Sugerimos usar los términos “proveedor/a de servicios, proveedor/a de servicios de abortos o proveedor/a de servicios de salud” ya que son más precisos para refe­rir a quienes prestan servicios de salud…” (Pág. 20)

“…LOS EMBARAZOS NO CONVIERTEN EN MADRES O PADRES A LAS PERSONAS

El uso de las palabras “madre”, “padre” o “padres de familia” durante un embarazo asigna valor y roles que las personas no necesariamente quieren aceptar. Estar embarazada no convierte automáticamente en madre a una mujer o persona gestante…” (Pág. 22)

“…NO SON PRO-VIDA: SON ANTI-DERECHOS

“Pro-vida” o “pro-familia” son términos que transmiten la idea de que quienes apoyan el acceso al aborto se­guro y legal están en contra de la vida, cuando en rea­lidad lo que se prioriza es la vida de la mujer embara­zada. Recomendamos usar términos alternativos para aclarar que se hace referencia a las personas que se oponen a la práctica del aborto. Y sugerimos el uso de palabras como “anti-aborto”, “anti-derechos” o frases como “quienes creen que el aborto debería ser ilegal”. (Pág. 24)

“…ES MEJOR HABLAR DE PERSONAS “PRO DERECHO” Y NO DE “PRO ABORTO”

La recomendación es hacer hincapié en el derecho de la mujer a elegir, y no en el aborto mismo. Proporcionar abortos seguros se trata de dar a las personas embara­zadas el derecho de tomar sus propias decisiones repro­ductivas. Si los abortos son seguros, las mujeres pueden decidir si continúan o no un embarazo. Si el aborto es inseguro e ilegal, solo aquellos que se oponen al aborto tienen una opción. Una alternativa pueden ser los térmi­nos “defensoras/es del aborto seguro o defensoras/es del aborto legal”. (Pág. 24)

“…Recomendamos evitar que los informes periodís­ticos se acompañen con imágenes de personas en un avanzado estado de embarazo ya que la mayoría de los abortos ocurre en los primeros 3 meses de gestación, cuando la panza todavía no es notoria. Al mostrar una persona gestante o mujer visiblemente embarazada se pueden perpetuar mitos sobre el aborto, tales como cuán desarrollado está el embarazo en el momento del aborto…”  (Pág. 37)

“…¿Cómo ilustrar? Usando fotos de mujeres que pueden interrumpir voluntariamente el embarazo y que repre­senten diferentes perfiles: edad, ingresos económicos, con hijos o no, etc…” (Pág. 39)

Cuando uno es profesional, en cualquier área que fuere, difícilmente se deje enseñar sobre cómo llevar adelante su profesión, por gente que nada conoce del tema. Sin embargo, un grupo minúsculo pretende instruir a los padres sobre cómo educar a sus hijos (aunque previamente induzcan a abortarlos), a los maestros sobre qué contenidos darles en la escuela, a los médicos sobre cómo tienen que accionar ante tal o cual situación, a los legisladores sobre qué leyes tienen que meter en el Congreso para tratar… y al periodismo, sobre qué palabras debe utilizar y qué preguntas ya no tiene que formular.

Hace pocos días, un periodista se vio envuelto en una insólita situación por “hacer preguntas incómodas”: el colectivo hembrista pidió su cabeza a viva voz en las redes sociales, y alegaban que había preguntas que “no se podía hacer”. Si un periodista no puede preguntar, ya perdió su razón de ser. Y el periodista que sucumbe ante esto, no le hace honor a su profesión.

Otro caso no menor es el de un diario de tirada importante que cuenta con los servicios de una funcionaria abortista por cuyo tamiz pasan todas las notas relacionadas con el tema del aborto y la ideología de género, para asegurarse que estén alineadas con este pensamiento.

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Hoy, los medios se convirtieron en cómplices de un delito, al permitir que grupos hembristas acaparen la pantalla pidiendo que haya aborto legal. Llamémosle “apología del delito”, ya que el aborto es ilegal en nuestro país. Por mucho menos, hubo gente que purgó penas. Pero es tanto el poder que tienen estos grupos que casi la totalidad del periodismo termina siendo cómplice de sus disparates.

Ahora está de moda el escrache. Hace pocos días, un joven se suicidó a raíz de una falsa denuncia de abuso. Aunque algunos se ocuparon de tapar el caso, no pudieron contra las redes sociales y diez días más tarde los medios tuvieron que dar cuenta de lo sucedido porque era inútil seguir ocultándolo. Los medios, en cierto punto, son cómplices de esto, porque son los que dieron lugar a este tipo de manifestaciones y las exacerbaron, haciendo creer a este grupo de mujeres que tenían la potestad de ensuciar a cualquiera en nombre de “la lucha contra el patriarcado”.

Dios quiera que en este 2019, mis colegas que ocupan aire, pantalla y páginas en los grandes medios de comunicación, puedan recapacitar y darse cuenta que están tirando por la borda, en algunos casos, décadas de profesionalismo para ir detrás de una ideología oscura, malvada y diabólica. Una ideología que busca destruir a la familia y, en consecuencia, debilitar un país por demás golpeado. Si esta se llegara a establecer, estos periodistas ya no serán necesarios a la causa y cuando la dictadura de género en todas sus formas nos gobierne y no haya vuelta atrás, ellos deambularán por los medios con una gran mancha a cuestas, la de haber sido serviles a un siniestro sistema.

Todavía están a tiempo…

(*) Periodista. Director de la Agencia de Prensa Sileo & Sileo Asociados. Editor de DiarioPC.com. Autor del libro “El rock y el pop en la iglesia”.

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